Asociación Berciana de Amigos del Ferrocarril   

 
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 El automotor 536 (BT Nº8):

Juan Pedro Esteve García

El presente artículo no dispone de fotografías en su versión en papel.

      El automotor 536 dormía el sueño de los justos apartado en una de las oxidadas vías de la estación de Ágreda. Hacía ya largos años desde que el burócrata de turno comprobara que ya había cumplido el plazo de su amortización, y por lo tanto debía ser considerado obsoleto y no apto para la explotación comercial.

A los españoles, burócratas o no, siempre nos dio por tomar (y deformar) lo superficial y externo de todas las modas extranjeras, ignorando su núcleo doctrinal.

Con la reciente colonización anglosajona del otro lado del Atlántico no íbamos a ser menos, y mientras ignorábamos los avances norteamericanos en innovación tecnológica, abolición de prejuicios sociales y apoyo estatal a la investigación científica, no tardamos en darnos un barniz exterior de un léxico spanglish que horrorizaría por igual a Hemingway y a Baroja.

A ésta deformación debemos un críptico vocabulario que horrorizó por igual a los tripulantes y a los viajeros del Automotor 536, pero poco a poco todos, salvo los dos o tres pirados de siempre, aprendieron dócilmente a sustituir viajero por cliente, taquillas por travel center, vestíbulo por área de ocio y esparcimiento , servicio público por servicio comercial.

El burócrata número 308.112.616, aconsejado por su corte de pelotas, accionó la tecla de su PC e inmediatamente después se expidió la orden de inmovilización del Automotor para causar baja en la Red, por "obsoleto" y "no compatible con la planificación de gestión total para la captación de clientes".

La memoria histórica de los celtiberitos no suele llegar más allá de cinco años atrás, por lo que pronto nos acostumbramos a ver sustituidos los cómodos asientos y butacones de nuestros viajes por unos espartanos reposaposaderas de plástico duro, y a ver el mundo por un cristal ahumado, como si la visión de la realidad fuera peligrosa como la de aquellos eclipses de verano.

Se velará a partir de ahora por la salud de nuestros ojos poniendo un filtro oscuro en las ventanillas de nuestros trenes rojos y blancos, que por supuesto irán herméticamente cerradas para evitar que podamos inhalar los peligrosos virus de la reflexión y la contemplación del paisaje.

Al Automotor 536, que siempre anduvo por la vida como le vino en gana, le jubilaron anticipadamente ante la llegada de una horda de cien, de mil asépticas urnas rodantes de cristal ahumado que para moverse necesitaban ir atadas a un cable de 3000 Voltios como si fueran perros, mientras su interior vomitaba voces robóticas y viajeros de ascensor horizontal lobotomizados por los CD de los Park street Guys .

Ahora nadie parecía acordarse de los automotores de la serie 536, cuyo último superviviente se caía a trozos por momentos, y apenas se hablaba de él en las revistas al uso. Los propios aficionados al ferrocarril le dieron poco a poco la espalda al juzgarlo de interés nulo para sus kilométricas colecciones de vídeos y fotogramas... 

Pero un día se obró el milagro. 

En un remoto valle de Alemania, Herr Steinkopf se devanaba los sesos planificando sus estrategias de mercado. Como führer máximo de Marmann AktienGesselschaft, la mayor fábrica de productos de modelismo del país, se veía humillado por las escasas ventas que sus miniaturas alcanzaban en España.

No le valía ya la técnica de hinchar más y más los precios para que las diversas castas de pijos hispanos desearan compulsivamente adquirir un producto de elite marcado con el logotipo dorado de Marmann.

Tampoco colaba ya el viejo truco de pintar los tractores de maniobras de la DB con los colores corporativos de Renfe para que el público más de a pie pudiera acceder a la santa afición por un precio popular, aun a costa de tener que echarle imaginación al asunto.

Tras consultar a sus veintisiete asesores técnicos, el Sr. Steinkopf tomó el primer vuelo para Madrid y pocos días más tarde se dirigía a una olvidada región española para fotografiar un extraño vehículo que según decían se hallaba apartado en una estación, de un modelo fabricado en grandes cantidades en Suiza y que había sido exportado tanto a Alemania como a España (donde constituyó la serie 536).

Una vez las fotografías del artefacto llegaron a la sede central de Marmann, las cadenas de producción crearon miles de réplicas, a estricta escala 1:87, del automotor que hacía años habían dejado de producir para el mercado alemán, solo que ahora decorado con los colores españoles que Steinkopf había impresionado en su cámara.

La campaña comercial fue un éxito, y la Marmann apenas tuvo que hacer marketing propio, pues la propia prensa hispana se encargó de recibir como un Mesías al 536: Portadas en todas las revistas del ramo, salvo -claro está- en las de algunos reductos de pirados y marginales de diversas poblaciones del valle del Duero, del Llobregat y del Manzanares.

A partir de aquel día, la Xunta de Galicia perdió una gran fuente de ingresos, pues las peregrinaciones a Compostela fueron sustituidas por las peregrinaciones al santuario de Andorra la Vella para ir a comprar a precio reducido el 536, que por fin salió del anonimato...

El pequeñín, claro, porque el de Ágreda fue salvado a tiempo por un ayuntamiento alemán que lo restauró y lo puso en estado de marcha pintado con los colores de sus hermanos del Rhin, para disfrute de los vecinos que añoraban la presencia de sus obsoletos automotores en un corto ramal regional que ahora había sido reabierto al público para trenes turísticos, coexistiendo con automotores modernos de línea regular, en los que cómodamente el viajero podía admirar el paisaje asomado a la ventanilla. Evidentemente, ¡éstos germanos están todos obsoletos!

               ......... 

Una vez repuesto el lector del susto que le habrá producido no encontrar aquí las habituales charlas sobre túneles, rampas y edificios, creo necesario explicar el porqué de la aparición de éste breve relato en ésta tribuna berciana que tan gratamente me ha acogido: No crea algún modelista que éste breve texto va dirigido contra él de mala fe, puesto que de entre los modelistas han surgido muchos y de entre los mejores de los amantes del Ferrocarril. Lo que se pretende denunciar con el relato es la aparición, en los últimos años y en algunas ciudades españolas, de un concepto de afición un tanto desorientado que hace un cierto reduccionismo de lo ferroviario, en el que no sólo se ignora el ferrocarril "real" a escala 1:1, sino incluso otras formas de modelismo como las de HOm, HOe ó la construcción de modelos tripulados de vapor (no lo olvidemos, importante escuela de captación de futuros maquinistas de vapor "grande" para trenes históricos) ó eléctricos que, si bien se hallan ya implantadas como algo normal en el resto de Europa y poco a poco entre nosotros, por lo general han sólido causar un cierto rechazo, más bien desconocimiento.

Dentro de éste conformismo destacan algunos comportamientos de elitismo de marcas que parecían ya desterrados de nuestro país y que algunos aduladores de los  Steinkopf de turno se empeñan en mantener, como una obsesión que si en estados "civilizados" es tolerable, es patológica en una  España que sólo ahora -después de varias décadas de bache y ostracismo- está viendo resurgir tecnológicamente su ferrocarril real.

Éstos "brotes" de "realidad virtual", en los que parecen vivir algunos sin necesidad de ordenador alguno, no parecen todavía muy "peligrosos", pero a la larga pueden hacer que la sociedad no versada en cuestiones ferroviarias adquiera un concepto equivocado de nuestro mundillo antes de que podamos ir dándoselo a conocer.

Quien crea que aquí se está exagerando puede ver un reciente número de la revista de humor bizarro "Mondo Brutto", en el que además de diseccionarse con bisturí los complejos y simplezas que atenazan a nuestro país, se hace una crítica a éstos "brotes" mucho más "brutal" (lógicamente) que la presente.

No corramos el riesgo de ser confundidos, y recordemos que 1999 ha sido el año de la emisión de una importante serie de televisión que si bien a algunos puristas puede parecerles simple o escasa en minuciosos detalles sobre el número exacto de kilovatios de tal o cual ejemplar de locomotora, es un experimento social absolutamente necesario para acercar el ferrocarril al ciudadano español, que no disponía de programas similares en la oferta televisiva desde que en las tardes de domingos de los primeros años 80 TVE emitió la Historia de los Trenes relacionada con el libro homónimo de Hamilton Ellis.

Para conseguir ésta popularización hay que conseguir aunar esfuerzos y superar ésta rivalidad y división tajante entre ferrocarril "real" y "virtual", tarea en la que también los "realistas" debemos colaborar como nuevos Prometeos, bajando al Tren de la torre de marfil en que lo habíamos colocado con el tiempo.

Afortunadamente, la cosecha de libros publicada en España en los últimos cuatro o cinco años está contribuyendo a que el Ferrocarril deje de ser una suerte de esotérica ciencia (cuyos adeptos nos limitábamos a intercambiar meros datos numéricos sobre velocidades, tiristores y choppers) para pasar ser visto como un fenómeno cultural íntimamente imbricado con la sociedad de su tiempo, cuyas locomotoras o automotores pueden decirnos tanto o más sobre los siglos XIX y XX que un cuadro de Velázquez del XVII.

 
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