El
automotor 536 dormía el sueño de los justos apartado en una de las
oxidadas vías de la estación de Ágreda. Hacía ya largos años desde
que el burócrata de turno comprobara que ya había cumplido el plazo
de su amortización, y por lo tanto debía ser considerado obsoleto y
no apto para la explotación comercial.
A
los españoles, burócratas o no, siempre nos dio por tomar (y
deformar) lo superficial y externo de todas las modas extranjeras,
ignorando su núcleo doctrinal.
Con la
reciente colonización anglosajona del otro lado del Atlántico no íbamos a
ser menos, y mientras ignorábamos los avances norteamericanos en innovación
tecnológica, abolición de prejuicios sociales y apoyo estatal a la
investigación científica, no tardamos en darnos un barniz exterior de un
léxico spanglish que horrorizaría por igual a Hemingway y a Baroja.
A ésta
deformación debemos un críptico vocabulario que horrorizó por igual a los
tripulantes y a los viajeros del Automotor 536, pero poco a poco todos,
salvo los dos o tres pirados de siempre, aprendieron dócilmente a
sustituir viajero por cliente, taquillas por travel center,
vestíbulo por área de ocio y esparcimiento , servicio público
por servicio comercial.
El burócrata
número 308.112.616, aconsejado por su corte de pelotas, accionó la
tecla de su PC e inmediatamente después se expidió la orden de
inmovilización del Automotor para causar baja en la Red, por "obsoleto"
y "no compatible con la planificación de gestión total para la captación
de clientes".
La memoria
histórica de los celtiberitos no suele llegar más allá de cinco años atrás,
por lo que pronto nos acostumbramos a ver sustituidos los cómodos asientos y
butacones de nuestros viajes por unos espartanos reposaposaderas de plástico
duro, y a ver el mundo por un cristal ahumado, como si la visión de la
realidad fuera peligrosa como la de aquellos eclipses de verano.
Se velará a
partir de ahora por la salud de nuestros ojos poniendo un filtro oscuro en
las ventanillas de nuestros trenes rojos y blancos, que por supuesto irán
herméticamente cerradas para evitar que podamos inhalar los peligrosos virus
de la reflexión y la contemplación del paisaje.
Al Automotor
536, que siempre anduvo por la vida como le vino en gana, le jubilaron
anticipadamente ante la llegada de una horda de cien, de mil asépticas urnas
rodantes de cristal ahumado que para moverse necesitaban ir atadas a un
cable de 3000 Voltios como si fueran perros, mientras su interior vomitaba
voces robóticas y viajeros de ascensor horizontal lobotomizados por los CD
de los Park street Guys .
Ahora nadie
parecía acordarse de los automotores de la serie 536, cuyo último
superviviente se caía a trozos por momentos, y apenas se hablaba de él en
las revistas al uso. Los propios aficionados al ferrocarril le dieron poco a
poco la espalda al juzgarlo de interés nulo para sus kilométricas
colecciones de vídeos y fotogramas...
Pero un día
se obró el milagro.
En un remoto
valle de Alemania, Herr Steinkopf se devanaba los sesos planificando sus
estrategias de mercado. Como führer máximo de Marmann
AktienGesselschaft, la mayor fábrica de productos de modelismo del país,
se veía humillado por las escasas ventas que sus miniaturas alcanzaban en
España.
No le valía
ya la técnica de hinchar más y más los precios para que las diversas castas
de pijos hispanos desearan compulsivamente adquirir un producto de
elite marcado con el logotipo dorado de Marmann.
Tampoco
colaba ya el viejo truco de pintar los tractores de maniobras de la DB con
los colores corporativos de Renfe para que el público más de a pie pudiera
acceder a la santa afición por un precio popular, aun a costa de tener que
echarle imaginación al asunto.
Tras
consultar a sus veintisiete asesores técnicos, el Sr. Steinkopf tomó el
primer vuelo para Madrid y pocos días más tarde se dirigía a una olvidada
región española para fotografiar un extraño vehículo que según decían se
hallaba apartado en una estación, de un modelo fabricado en grandes
cantidades en Suiza y que había sido exportado tanto a Alemania como a
España (donde constituyó la serie 536).
Una vez las
fotografías del artefacto llegaron a la sede central de Marmann, las cadenas
de producción crearon miles de réplicas, a estricta escala 1:87, del
automotor que hacía años habían dejado de producir para el mercado alemán,
solo que ahora decorado con los colores españoles que Steinkopf había
impresionado en su cámara.
La campaña
comercial fue un éxito, y la Marmann apenas tuvo que hacer marketing propio,
pues la propia prensa hispana se encargó de recibir como un Mesías al 536:
Portadas en todas las revistas del ramo, salvo -claro está- en las de
algunos reductos de pirados y marginales de diversas poblaciones del
valle del Duero, del Llobregat y del Manzanares.
A partir de
aquel día, la Xunta de Galicia perdió una gran fuente de ingresos, pues las
peregrinaciones a Compostela fueron sustituidas por las peregrinaciones al
santuario de Andorra la Vella para ir a comprar a precio reducido el
536, que por fin salió del anonimato...
El pequeñín,
claro, porque el de Ágreda fue salvado a tiempo por un ayuntamiento alemán
que lo restauró y lo puso en estado de marcha pintado con los colores de sus
hermanos del Rhin, para disfrute de los vecinos que añoraban la presencia de
sus obsoletos automotores en un corto ramal regional que ahora había
sido reabierto al público para trenes turísticos, coexistiendo con
automotores modernos de línea regular, en los que cómodamente el viajero
podía admirar el paisaje asomado a la ventanilla. Evidentemente, ¡éstos
germanos están todos obsoletos!
.........
Una vez
repuesto el lector del susto que le habrá producido no encontrar aquí las
habituales charlas sobre túneles, rampas y edificios, creo necesario
explicar el porqué de la aparición de éste breve relato en ésta tribuna
berciana que tan gratamente me ha acogido: No crea algún modelista que éste
breve texto va dirigido contra él de mala fe, puesto que de entre los
modelistas han surgido muchos y de entre los mejores de los amantes del
Ferrocarril. Lo que se pretende denunciar con el relato es la aparición, en
los últimos años y en algunas ciudades españolas, de un concepto de afición
un tanto desorientado que hace un cierto reduccionismo de lo ferroviario, en
el que no sólo se ignora el ferrocarril "real" a escala 1:1, sino incluso
otras formas de modelismo como las de HOm, HOe ó la construcción de modelos
tripulados de vapor (no lo olvidemos, importante escuela de captación de
futuros maquinistas de vapor "grande" para trenes históricos) ó eléctricos
que, si bien se hallan ya implantadas como algo normal en el resto de Europa
y poco a poco entre nosotros, por lo general han sólido causar un cierto
rechazo, más bien desconocimiento.
Dentro de
éste conformismo destacan algunos comportamientos de elitismo de marcas que
parecían ya desterrados de nuestro país y que algunos aduladores de los
Steinkopf de turno se empeñan en mantener, como una obsesión que si en
estados "civilizados" es tolerable, es patológica en una España que sólo
ahora -después de varias décadas de bache y ostracismo- está viendo resurgir
tecnológicamente su ferrocarril real.
Éstos
"brotes" de "realidad virtual", en los que parecen vivir algunos sin
necesidad de ordenador alguno, no parecen todavía muy "peligrosos", pero a
la larga pueden hacer que la sociedad no versada en cuestiones ferroviarias
adquiera un concepto equivocado de nuestro mundillo antes de que podamos ir
dándoselo a conocer.
Quien
crea que aquí se está exagerando puede ver un reciente número de la revista
de humor bizarro "Mondo Brutto", en el que además de diseccionarse
con bisturí los complejos y simplezas que atenazan a nuestro país, se hace
una crítica a éstos "brotes" mucho más "brutal" (lógicamente) que la
presente.
No
corramos el riesgo de ser confundidos, y recordemos que 1999 ha sido el año
de la emisión de una importante serie de televisión que si bien a algunos
puristas puede parecerles simple o escasa en minuciosos detalles sobre el
número exacto de kilovatios de tal o cual ejemplar de locomotora, es un
experimento social absolutamente necesario para acercar el ferrocarril al
ciudadano español, que no disponía de programas similares en la oferta
televisiva desde que en las tardes de domingos de los primeros años 80 TVE
emitió la Historia de los Trenes relacionada con el libro homónimo de
Hamilton Ellis.
Para
conseguir ésta popularización hay que conseguir aunar esfuerzos y
superar ésta rivalidad y división tajante entre ferrocarril "real" y
"virtual", tarea en la que también los "realistas" debemos colaborar como
nuevos Prometeos, bajando al Tren de la torre de marfil en que lo habíamos
colocado con el tiempo.
Afortunadamente, la cosecha de libros publicada en España en los últimos
cuatro o cinco años está contribuyendo a que el Ferrocarril deje de ser una
suerte de esotérica ciencia (cuyos adeptos nos limitábamos a intercambiar
meros datos numéricos sobre velocidades, tiristores y choppers) para pasar
ser visto como un fenómeno cultural íntimamente imbricado con la sociedad de
su tiempo, cuyas locomotoras o automotores pueden decirnos tanto o más sobre
los siglos XIX y XX que un cuadro de Velázquez del XVII.